Apuntes de lectura. Hoy: Chamamé, de Oyola

Por Walter Lezcano


*Hacía tiempo que deseaba leer algo de este autor. Había fichado en los medios algunas cosas buenas sobre el tipo que su nombre me quedó dando vueltas en el bocho. Terranova, por ejemplo, dijo que estaba destinado a ser el mejor escritor de policiales del país; y yo a lo que dice Terra le doy bola porque el chabón sabe.
Por Solano, esta dulce tierra en la que vivo y lo seguiré haciendo, no había ninguno. En Quilmes sólo estaba Hacé que la noche venga, una novela con una virgen en la tapa que sacó Mondadori; pero estaba muy cara para mi magro presupuesto.
Entonces le pregunté a Funes si tenía algo de Oyola, y él me dijo que tenía Chamamé. No lo había sentido nombrar y no me importaba. Pasámelo, le pedí.
Unos días después estaba en mi cama sin poder soltarla.

* Hay dos epígrafes en la novela. El primero da cuenta del significado de la palabra Chamamé y te ubica en el espacio, Corrientes (lugar donde nací y al que nunca volví). Esta entrada, teniendo en cuenta que esta novela salió publicada en una editorial española: Salto de página, ayuda a los lectores a situarse en el mapa. Lo que es muy interesante teniendo en cuenta que es un escrito que tiene una identidad marcada y la lleva bien al frente y en profundidad, hasta las últimas consecuencias.
El segundo epígrafe es un diálogo de una película: un western llamado Young guns 2.
Entonces, me preguntaba, ¿voy a encontrarme con una de tiros y de factura nacional?
Así es. Eso y mucho más.

*Manuel Ovejero A.K.A. El Perro y El Pastor Noé son dos chorros despiadados que primero son ñeris y después terminan enfrentados a muerte. Esto último no es un eufemismo. El Perro, el narrador de la novela, sale a buscarlo al Pastor Noé para saldar cuentas. Y, hay que decirlo, estos tipo arreglan las cosas no con palabras sino con pólvora y gatillo.
Entonces tenemos una búsqueda que nos lleva a toda velocidad por toda la vida de estos dos tipos con los que uno se termina encariñando pero de ninguna manera se quiere cruzar.

*La violencia y cómo narrarla. Esa es un cuestionamiento que la novela resuelve poniéndose en el ojo del huracán. Es decir, habla en primera persona para meter lo verosímil en la frente del lector. Esa es una voz que pone el cuerpo. Y esa elección a la hora de contar dialoga con la que tiene Plata quemada, otra gran novela de y sobre la violencia. En el texto de Piglia se utiliza la figura del periodista que reconstruye una historia increíble, lo que da cierta distancia sobre lo que se está contando. Aquí, en Chamamé, El Perro larga todo lo que le pasa y uno siente que está con él en todo momento, nunca lo perdés de vista. A diferencia de lo que ocurre en Plata quemada, todo te viene de primera mano.

*Pienso que lo complejo es poder transmitir con palabras una clase social, una manera de habitar el mundo, en definitiva: una visión de mundo. Y todo lo que dice El Perro va mostrando sin fisuras ni impostaciones de dónde proviene. El tipo sale del fondo de la olla, de ahí abajo, y habla de esa manera. Pero no todo lo que dice se pierde si viviste toda tu vida en un country, porque algunas cosas, oficiando de educador para lectores neófitos en la materia calle, se explican, por ejemplo: qué es un Frentoki o un ´ta te quieto, entre otras cosas. Se abre el juego para que muchas más personas puedan participar y disfrutar de la lectura.


*Y también estás la cantidad de canciones que aparecen como rastros de una cultura popular de la que mana un lugar de pertenencia. Para el bardo Guns ´n Roses, para padecer la soltería Turf , o como aparece en la dedicatoria, corte que no puede ser rocanrol todo el tiempo, Bon Jovi. Y muchos más. Esos nombres contemporáneos refuerzan la idea de actualidad y de soundtrack en esta novela que entrega acción, suspenso y emoción como esas grandes películas que daba Canal 11 en el viejo y recordado ciclo llamado Sábados de superacción. Lo que da para la nostalgia y te conecta con muchas sensaciones que uno busca repetir constantemente. Cierto vértigo que hace de la vida algo mucho más intenso que solo mirar el reloj y ver el tiempo desmantelarse entre nimiedades.
Cosas como esas ocurren cuando uno lee esta novela. Y todo eso lo logró con palabras y sin efectos especiales.

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