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Pereyra


Texto leído por Luis Orani

el 19 de mayo en la presentación de la editorial

en Quilmes

1

El ex club YPF, pegado a los ex laboratorios YPF. Esos monolitos blancos clavados en la triple frontera entre Florencio Varela, Quilmes y Berazategui. Cuando los laboratorios cerraron, el club siguió abierto, regentado por un viejo de pelo largo y bigote que siempre andaba en cueros y calzado con una lechucera. Después lo compró un sindicato que no le prestó demasiada atención. Ahora, en el agua podrida de la pileta, está flotando el Migue. Tiene la cara gris e hinchada. Los pibes dieron con él después de tres días de búsqueda.

2

El predio de los ex laboratorios ocupa seis manzanas. Ahora alberga a la Universidad Jauretche. También a los astilleros de la Unqui y la Comisaría de la Mujer. Los pibes pasan las bicicletas por un hueco en el tejido y salen a Camino General Belgrano. Saben que tienen que ir al Parque. La manera más rápida es por Ruta Dos, pero es un día complicado y ahora son uno menos. Toman la Catorce hacia el centro de Berazategui. En fila india, las tres bicicletas lustradas. Los rayos están pulidos. Es un día de sol. Pasan por el club de los Textiles. En la cancha de fútbol juegan quince contra quince, chicas y chicos mezclados. Es el día de la primavera.

3

Llegan a Estación Berazategui. El cruce de las vías es lento. La juventud rebalsa en los andenes. Hay un par de guitarras, no más. Sí unos cuantos equipos de música. Botellas de plástico con líquidos de varios colores. Nadie paga boleto. Los pibes cruzan, vuelven a subirse a las bicicletas y se van por Lisandro de la Torre, bordeando las vías, al sur. Yoni pedalea atrás de todo. No quiere ir al Parque.

4

Yoni está enojado con el Migue. Se había pactado tregua para el 21. Sólo iban a pelearse los más pendejos. El Migue quería pudrir todo. Se la tenía jurada a Tacuara, capo de Villa del Plata, y tres noches antes salió a hacer pintadas. No llevó las plumas puestas. Ahora es un pedazo de pan viejo flotando en agua verde. Leo y Chapa están yendo a rectificar las cosas en el Parque. Yoni va porque no los puede dejar en banda. Se le aflojan los brazos y casi pierde el control de la bicicleta.

5

En el Polideportivo Municipal de Berazategui hay un grupo de remeras rojas. Es su territorio. El desafío es ineludible, aunque ambos bandos saben que los pibes son superiores. Leo fija el manubrio hacia la carne de cañón, mientras ubica su mano izquierda en el cabo del caño cromado que sobresale de la mochila. Leo es zurdo y el ángulo es favorable. Los remeras rojas bajan a la calle y se ponen en guardia. Son muñecos. Leo acelera y el viento le sacude las plumas blancas cosidas a su chaleco de jean. Abanica el caño contra el que le sale al cruce. Los dientes no son cosas muy grandes, pero todos pueden ver cómo se reflejan en el caño. También cómo se suspenden en el aire. Chapa y Yoni se bajan de las bicicletas y acuden a la batalla a puño limpio, sin desenvainar sus armas características. A Yoni le viene bien para dejar de pensar. Es rápido y fácil. El enemigo huye malherido. Leo limpia el caño en un pedazo de tela rojo abandonado.

6

Chapa va en la bici sin manos y dando alaridos. No ve la hora de toparse con uno de los de Villa del Plata. Canta una canción sobre putos de remera verde que no aguantan nunca y corren siempre. Leo sigue encabezando el convoy. Yoni desenredó su cadena del cuadro de la bici y ahora la lleva en el brazo derecho como una manga. Llegan a Hudson, pasan por debajo de la Autopista Buenos Aires-La Plata. Ya es campo abierto y no hay nadie.

7

Se internan por Estancia San Juan y Chapa ya no grita. Los pájaros los ignoran. El pasto está alto. Pasan por una alameda: plumas blancas, plumas grises, plumas pardas, cosidas a chalecos de jean marca Charro. Migue usaba plumas negras.

8

Los pibes cruzan el arroyo Pereyra por un puente pequeño. Entran al bosque. El sol no pasa. Van despacio y se les empieza a secar la transpiración. No escuchan otra cosa que los piñones de las bicicletas. Yoni está nervioso y la cadena le impregna en la mano olor a óxido. Leo empuña el caño cromado. Chapa saca de un bolsillo del chaleco su tramontina. El mango está grasoso y la hoja en parte quemada. El arroyo ahora es verde y empantanado. Ya están en los terrenos de la Academia. Falta poco para el Árbol de Cristal. Están cerca del Parque.

9

El Árbol de Cristal está en un pequeño claro. Se trata de una especie malaya, el Agathis Alba, cuyo único ejemplar en el continente americano es el que está en los terrenos de la Academia. Es un árbol enorme, de tronco gris y hojas gruesas y ásperas. De las ramas gotea una resina que a trasluz parece un pendiente de vidrio. Dicen que se ve muy bien en las noches claras. Pero ya nadie se mete en la Academia después de que oscurece. Los pibes no lo harían si no fuese porque tocar el Árbol de Cristal atrae a la buena fortuna. La necesitan. Perdieron al Migue.

10

Dejan las bicicletas a la sombra y se acercan al Árbol de Cristal. De nuevo en el sol, plumas blancas, plumas grises, plumas pardas. Un caño cromado, un tramontina y una cadena. Antes de tocar el Árbol hacen un paneo del lugar.

—Vengan, putos —susurra Chapa.

Hay cardenales y zorzales. Es un veintiunode septiembre ideal. Los pibes tocan el Árbol, sienten su temperatura. Caen algunas hojas. Los pibes escrutan las copas. Pasan dos cotorras volando.

11

Vuelven a las bicicletas. Leo va adelante. A él le caen primero.

—¡Vucetich! ¡Putos de mierda! —grita Chapa.

Los internos de la Academia se arrojan desde los árboles. Traen el pelo al ras y equipos de gimnasia azules. Leo está en el piso en un embudo de patadas. Yoni revolea su cadena, tratando de dispersar el enjambre de cadetes. Le pegan en un ojo. El tramontina de Chapa ya tiene sangre.

12

Los pibes escapan. A pie. Cruzan Centenario todos magullados. Los Vucetich no tienen permitido salir de la Academia. Los pibes se acercan al grueso de la juventud que festeja en Pereyra. Hay muchas motos y poco lugar para sentarse. La música es fuerte y también el olor a chorizo. Chicas y sol. Chicos y humo. Chapa roba una botella de plástico con vino tinto y gaseosa de naranja a un grupo de chicas de un colegio privado. Todas tienen la chomba del instituto. Chapa rodea a una de ellas por la cintura con un brazo mientras que con el otro le pone el pico de la botella en la boca. Ella le escupe la cara. Chapa le levanta la chomba, se agacha y se limpia la cara. Cuando se para se marea. Son demasiados, hay demasiado de todo, salvo espacio. Es un recital sin escenario. Grupos enteros se detienen y fijan la vista en una u otra dirección. Desde algún lado tiene que llegar la primavera. Leo debió girar en algún momento porque está otra vez en Centenario. Él es el que peor quedó. Agarra una bicicleta sin que nadie le diga nada. Pedalea unos metros y se cae. No escucha cómo se ríen de él.

13

Yoni no encuentra a los demás. Tiene sangre y humo en la vista. Cree ver un par de remeras verdes juntas, que se mueven. Los sigue. Choca, pega hombrazos. Nadie se le planta. El sol está alto y los límites del parque se borran con la multitud. Yoni levanta la cadena, la hace girar. De a poco, a los golpes, abre un círculo entre la gente. Ya no ve remeras verdes. Alguien le tira una piedra y le pega en el hombro. La cadena sigue girando. Yoni se fija en una remera blanca con una virgen estampada. La lleva una chica con el pelo rosa en degradé hacia rubio. Parece una calcomanía con holograma. Yoni va hacia ella y con él se mueve el círculo que lo rodea. Olvidó cómo caminar: avanza con la trompa y sus pies lo siguen a la fuerza. La cadena se enreda en el cuello de la chica con la remera de la virgen. Yoni siente el tirón, el roce con la piel, la quemadura que le provoca. La presión en la traquea. El círculo se rompe. Son muchos y él ya está en el piso. Vuelan las plumas pardas. No hay más humo. Sí el gusto a óxido de la sangre. Y el olor: tierra, pasto, vino, gaseosa.

Cenizas


Por Walter Lezcano

2

Y la calma llega
como una piña unplugged.
En un cajón del ropero
tengo la entrada de la segunda vez que vinieron los Rolling.
Esa vez te cuidé del pogo abrazóndote.

Esto va a tardar mucho.
Subo el volumen
de ese tema que no te gustaba.

4

Todos fuimos testigos esa vez
de lo que pasó
cuando usaste el pecho de coctelera
y mezclaste nostalgia con alcohol.

Al otro día
no paramos de contar,
de ver pasar los recuerdos.
Y fue gracioso
mientras estuvimos juntos.

Jumpin´


por Walter Lezcano


—¡La puta que te parió!— me dijo mamá y fue a socorrer al viejo que estaba en el piso retorciéndose de dolor. Creo que nunca voy a olvidar esa mirada que me largó mamá desde el suelo: triste y, sobre todo, llena de bronca.
Un rato antes, papá me estaba gritando. Yo también le gritaba a él. Rutina, nada nuevo. Para nosotros era un deporte al que le poníamos el alma. Nos estábamos trenzando por una boludez: la música. Digo boludez ahora que pasó el tiempo. Ahora que crecí y puedo ver las cosas de otro modo, menos terminantes. Cuando era chico era duro como un milico. Traficaba con pensamientos de otros y estaba lleno de prejuicios. No sabés, estaba subido a un pony y creía que tenía mucha personalidad.
La cuestión era que estaba escuchando fuerte en mi pieza a los Rolling Stones: Jumping Jack flash, no sé si lo conocés. Él recién volvía del laburo y entró sin golpear, como hacía siempre, y me pidió, más bien me ordenó, que bajara el volumen y se fue. Yo sabía que eso le molestaba, lo ponía loco. Igual se lo hacía porque quería verlo sacado. Sí, nos llevábamos mal. ¿Quién no quiso matar a su viejo en algún momento? Por ahí nadie. Yo sí. Era un pensamiento que tenía seguido. O quería hacerlo mierda, no eran ideas nomás: era algo posta. Pero sabía que era medio imposible, nunca iba a poder hacerlo. Me daba paja. Mucho laburo: pensar un plan, después ver lo del fiambre, tirarlo a un lugar seguro. Pensá que el viejo era un lavarropa, pesaba como 95 kilos y yo mucho menos: era una diferencia, mirá si me herniaba o algo así. Y estaba todo el bondi con la poli: explicaciones, ver a mi vieja hecha bolsa, y toda esa movida. Era mucho. Entonces bardeaba con la cerveza. Papá una vez por semana, domingo o lunes ponele, compraba cinco o seis birras para tomar cuando venía del laburo. Se bajaba una por noche para sentirse un ser humano y sacarse de encima el garrón de estar metido en un matadero ocho o diez horas por día, a veces doce. Todas las tardes o a la nochecita iba a la cocina, abría la heladera y quería sacar una botella bien fría, pero siempre las encontraba tibias. Se enojaba: puteaba a Edesur, a Dios y a María santísima. Creía que era un problema de electricidad, de tensión, de la mala leche del destino. Se quedaba re caliente por no tener con quien quejarse. Unas horas antes yo las había llevado al techo para calentarla, que perdieran vida. Después las dejaba en la heladera y esperaba. De mi pieza escuchaba sus gritos y me reía.

El viejo trabajaba un montón, no había terminado el secundario y era medio bruto. No estuvo mucho en casa. Creo que ahí estaba todo. Vos sabés que no se puede elegir a los viejos, pero sí se puede elegir cómo tratarlo. Yo me propuse destruirle la sonrisa a papá.

Qué loco lo que pasa con la ausencia, ¿no? Uno quiere llenarla con cualquier cosa, con algo groso. Es como hacerle contrapeso al dolor para que no te salte la térmica. Qué sé yo, digo nomás.

Me acuerdo cómo era todo cuando no nos peleábamos tanto. De más chico, cuando volvía del colegio al mediodía comía rápido, me tiraba de panza en la alfombra del living y miraba durante horas la televisión para poder ver qué daban a la noche y contarle a papá para que pudiera elegir lo que más le gustara. Me había memorizado toda la programación de todos los canales y me acercaba a él ansioso, impaciente, y lo veía tomando su vaso grande de cerveza, tranquilo, relajado, mamá al lado. Entonces creía que era el momento justo y lo tenía enfrente. Él me veía y decía como si le rompiera las bolas:
—No, ahora no… después.— Ese momento nunca llegaba. Después se convirtió en lo inalcanzable. Después, ahora odio los después...

...sigue en Escrituras indie...

La última canción


Por Walter Lezcano



-¡La puta que te parió!- me dijo mi mamá y fue a socorrer a mi viejo que estaba en el piso retorciéndose de un dolor seco y sordo. Creo que nunca voy a olvidar esa mirada que me largó desde el suelo: triste, decepcionada y, sobre todo, llena de bronca. Un rato antes, mi papá me estaba gritando como un desaforado. Yo también le estaba gritando a él. Rutina, nada nuevo. Ya era un deporte para nosotros, al que le poníamos el alma. Y así se nos iba la vida.
Nos estábamos trenzando en una discusión por una boludez: la música. Digo boludez ahora que pasó el tiempo. Ahora que crecí y puedo ver las cosas de otro modo, menos terminantes. En esa época, cuando era chico, era rígido como un milico. Era dueño de pensamientos comprados y tenía unos cuantos prejuicios en los bolsillos para repartir y desechar cualquier cosa que no vaya conmigo. Hablaba porque el aire era gratis en realidad. Cuando era joven sentía que le verdad tenía contrato de exclusividad conmigo. También creía que tenía mucha personalidad. Pero estaba equivocado.
La cuestión era que estaba escuchando en mi pieza a los Rolling Stones a todo lo que da. Jumping Jack flash, no sé si lo conocen. Él, que recién volvía del laburo, entró sin golpear, como hacía siempre, y me pidió, más bien me ordenó, que bajara el volumen. Yo sabía perfectamente que eso le molestaba, lo ponía loco. Sin embargo, se lo hacía porque que era algo que disfrutaba. Papá y yo teníamos varias cuentas pendientes y quería hacérselas pagar de alguna forma. ¿Quién no quiso matar a su viejo en algún momento? Tal vez nadie. Yo sí. Era un pensamiento que me acosaba con una profunda intensidad. Parricidio. O hacerlo mierda, no eran ideas abstractas. Eran imágenes mentales que quería trasladar al terreno de lo real. Pero sabía que ese trasbordo era imposible, nunca iba a poder llevarlo a cabo. Me daba fiaca, o, como dice una amigo, paja. Mucho laburo: pensar un plan, después deshacerse del cadáver, arrojarlo a un lugar seguro. Hay que tener en cuenta que el viejo pesaba 95 kilos y yo, apenas, 63: era una diferencia a tener en cuenta, había peligro de una hernia o algo así. Y estaba luego todo el bondi con la policía: explicaciones, ver a mi vieja destruida, etcétera. Era demasiado. Entonces, resignado, hacía pequeñas contribuciones al caos hogareño: le ponía pequeñas vayas para que al tipo le cueste llegar a su tranquilidad. Les cuento una: le calentaba la cerveza. Mi papá, una vez por semana, el domingo o el lunes, se compraba cinco birras para tener algo de placer espumoso a la vuelta del día laboral. Se tomaba una por noche para sentirse como un ser humano y sacarse de encima ese traje mugroso de empleado de matadero que detestaba. Él iba a las cinco, todas las tardes, a la cocina, abría la heladera y pretendía encontrar una botella de birra bien helada, pero siempre las encontraba tibias. Se enardecía, puteaba a Edesur, a Dios y a María santísima. Creía que era un problema de electricidad, de tensión, de la mala leche del destino. Se quedaba cargado de esa impotencia desgastante de no tener con quien quejarse o ir a romperle la jeta. Unas horas antes yo las había llevado al techo para que se nutran de sol, para que pierdan vida. Luego las dejaba humeantes en la heladera y esperaba. De mi pieza escuchaba sus gritos tristes y sonantes. Me reía de él, que no había hecho nada grave como para ser el blanco de mi odio injustificado. Trabajador, iletrado y sin una pisca de sensibilidad, papá nunca estuvo presente en casa. Sólo eso: faltó a todos los hechos importantes de mi corta vida y se ganó la rifa de mi desprecio insondable y agudo. Lamentablemente uno no elige a los padres, pero sí elige cómo tratarlo. Yo había elegido destruirle la sonrisa.

Es increíble lo que produce la ausencia. Uno necesita llenarla con algo sustancial. Algo que tenga un peso mucho mayor que aquello que falta. Se trata de hacerle contrapeso al dolor. Equilibrar la vida para que no te salte la térmica. Por eso, esa enorme sensación que todos persisten en llamar amor tiene esas cosas; puede dar paso a su contracara más desquiciada y obsesiva.
Me acuerdo como era todo cuando no estaba con la mochila llena de cascotes afilados, siempre listos para el patriarca de la casa. De niño, cuando llegaba del colegio al mediodía almorzaba rápido, luego me tiraba de panza en la alfombra del living y miraba durante horas la televisión para poder ver qué daban a la noche y luego contarle a papá para que pueda elegir lo que más le gustaba. Yo me había memorizado toda la programación de todos los canales de aire y me acercaba a él con una emoción ansiosa, impaciente, desbordante y lo veía tomando su cervecita, estaba tranquilo, relajado, mamá a su lado. Entonces presentía que era el momento esperado y lo tenía enfrente. Entonces me veía y decía con un visible hastío:
-No, ahora no… después. – Ese momento nunca llegaba. Después se convirtió en la palabra que designaba un futuro inalcanzable. Uno puede esperar durante años que lleguen situaciones imposibles por promesas irresponsables como esas.
Después, odio los después.
Ahora y siempre.

Yo no bajé la música. Lo desafiaba. Lo toreaba, sin embargo él nunca pasó de levantarme la voz. Esa seguridad me daba confianza para tirar la soga de su paciencia. Volvió. Empujó la puerta para que sonara contra la pared, se acercó al equipo y apretó el botón que decía power. Pero yo estaba en esa edad endiablada llamada adolescencia y no iba a aceptar que nadie me ponga límites. Otra vez Play y a girar el volumen al tope. Me tiré en la cama a esperarlo. No vino. Cansado de aturdirme y escuchar pura saturación bajé el sonido.
Fui a la cocina a tomar un poco de agua y estaba sentado, solo, mirando por la ventana. Se lo veía desgastado. Murmuró algo. No le hice caso. Lo dijo más fuerte mientras me iba:
-Esa música de maricones.-Dijo con toda la seriedad de lo insustancial. Yo no tenía el ánimo para ningún comentario y volví.
-¿Y vos? Esa porquería que escuchás es más aburrida que ir a la escuela, no sé ni cómo se llama.-Contesté con muy pocas luces.
-Tango, se llama tango, te lo dije mil veces. Pero qué vas a saber vos de música, ni siquiera sabés lo que te están diciendo… si por ahí te cantan “el que escucha esto se la come doblada” y ni te das cuenta.
-Qué decís, que decís, si ni siquiera sabes hablar bien castellano. Qué hablás.
-Te lo dije mil veces: no me faltes el respeto y no me levantes la vos.-Se paró. Era un poquito más bajo que yo. Nos sostuvimos la mirada. Era un duelo de western sin armas y absolutamente desigual. ¿Por qué estaba tan cargado de violencia si nunca nadie me había dado un mísero sopapo?
-¿Qué vas a hacer sino?- Le pregunté sabiendo que no me iba a decir nada. Mi papá toda la vida pregonó que la educación de un chico no tiene que estar contaminada de golpes. En realidad estaba desafiando a su propia memoria: su padre, un inmigrante brutal, solitario y abandonado por su mujer, lo surtía ante cualquier nimiedad como quien se descarga con el cuerpo equivocado.
Mi vieja hizo su aparición bajo el marco de la puerta. Ella no le daba mucha importancia a nuestras batallas. Y siempre le daba la razón a su marido. Yo tenía que obedecer sin cuestionar nada. Mi papá sabía, decía. Nunca me pudo convencer de eso. Para mi, razón tenía el boludo de Mick Jagger, así de ciego estaba. Le ponía muchas fichas a mis ídolos musicales. Sin saber que son los primeros a los que tenés que matar para que todo vaya bien más adelante.
-Te podés ir a tu pieza y dejalo tranquilo a papá.- Me ordenó.
Yo iba a hacer caso. Todavía le tenía un poco de respeto a mamá. Antes de irme me acerqué y le largué:
-Maricón.- Y me fui.
Él me agarro del brazo, me dio vuelta y lo vi levantar la mano por encima de su cabeza y pensé esto se va a poner nuevo. Pero se agarró el brazo izquierdo que se endureció repentinamente y cayó. Parecía que se tragaba las palabras. Quería hablar. La vieja, que siguió toda la secuencia, me insultó y me mandó a llamar una ambulancia.
El viejo me miraba como nunca lo había hecho.
Me lo merecía.
Los pocos años que vivió luego de esa tarde, los hizo en una silla de ruedas. No podía hacer nada sin la ayuda de mi vieja, que nunca me perdonó. Papá estaba ahí, pero ausente. Como antes, como siempre. Y nunca más volvimos a pelear.

La dama de las sandalias. (Fragmento)

Por Walter Lezcano


Recuerdo esa primera vez que salí a la calle convertida en una mujer. Convertida en Sandra.
Caminé como quien pisa por primera vez el suelo, con cierto temor pero con la confianza de saber que cada paso se afirma en el anterior. Por supuesto, no estaba sola, para estas cosas hay que tener compañía, alguien que te ayude por si tus piernas no sostienen la seguridad que tiene tu corazón. Recuerdo esa primera vez en que Marta trajo de su casa la mejor ropa que tenía, que probamos durante varias horas, hasta que encontramos la vestimenta adecuada para la ocasión. Dimos con esa ropa que formaría parte más de mi vida, que de mi ropero. Hasta que hallamos ese vestido que me quedaba como si esa fuera la ropa que siempre tendría que haberme opuesto. Como si hubiera estado confeccionada para ajustarse a mi cuerpo y no soltarme, no dejarme ir.
Me miré al espejo, y fue verme por primera vez. Fue descubrirme y descubrir que la vida puede vivirse de esa manera también, empezando de vuelta. Fue contemplar en el espejo a una persona que de en ese momento encontró su propia piel. Fue encontrar un destino. Y como todo destino, uno no lo busca sino que es atrapado por él, llega a nuestra vida sin que nosotros podamos hacer nada para detenerlo, solo hay que entregarse como a lo inevitable.
Me miré en el espejo. Mi pelo largo, ondulado, ahora estaba enmarcando a un nuevo rostro. Un rostro maquillado, un rostro cubierto con los cosméticos que Marta trajo para cubrirme el semblante de una patina de luz artificial. Miré mis pies y Marta me había comprado unas sandalias negras bellísimas. Me quedaban un poco ajustadas en los costados, pero no me importó. Porque sentí como si ese fuera un detalle esencial en la conformación de esta nueva vida que estaba empezando. Con esas sandalias me veía como si tuviera pie de doncella. Como si fuera una cenicienta sin reloj a la vista que rompa el hechizo.
Recuerdo esa primera vez. Caminado en la vereda, adueñándome de un mundo nuevo para mí.
Con el correr de las cuadras me fui sintiendo cada vez más mujer. Hasta que no tuve noción de haber sido alguna vez otra persona, como si lo que estaba escrito en mi documento no fuera más que un error del registro civil. Sandra desde siempre.
Y caminamos hasta que le pregunto a Marta sí me acompaña hasta la casa de Reyna. Ella no sabe nada de esto y presiento que le estoy dando un nuevo motivo para hacer lo que mas le gusta: organizar fiestas con cualquier excusa.
Y vamos, y le toco el timbre. Y ella abre, con esa mala costumbre que tiene, sin preguntar, y la mira a Marta y luego me mira. Se sorprende de una manera tan explícita que pega gritos, me abraza, y me dice lo más cariñoso que le sale en el momento:
- Qué hija de puta que sos. Bienvenida al club. ¿Cómo te llamo ahora?... ¿Sandra?...Te queda perfecto.
Y luego lo que ya sabía que vendría:
-Esto hay que festejarlo. - Entonces me dice que estoy hermosa, que soy la mujer más linda que conoce, y la mira a Marta:
- Sin ofender, querida. ¿Pero viste lo linda que es? - Marta no se ofende. Reyna que no para de hablar porque hace un tiempito que no nos vemos, me pide disculpas, me dice que llamaba a mi casa a ver como estaba, que hablaba con Marta y así se enteraba de mi evolución, yo la calmo, le digo que esta todo bien, que la entiendo. Me dice que si sabía que saldría así de la cama me hubiera acompañado mas tiempo.

Reyna que halaga la ropa, y cuando se entera que es de Marta le comenta:
- Si sabía que tenías esta pilcha, te la pedía prestada, nena. - Luego mira a mis pies y encuentra hermoso lo que calzan:
- Mirá que sandalias preciosa que tenés. Es lo mas lindo de todo.¿Donde las compraste? - Me pregunta. Marta le contesta porque ella las compró. - Yo quiero una igual, no mejor no, sino te las quemo. Son de locura, aparte delicaditas. Y te quedan rebién. Vos mas que dama de las camelias sos la dama de las sandalias- dice bautizándome. Luego de ver mi rostro impávido me pregunta-¿Sabés de que te hablo? ¿ Leíste La dama de las camelias? - Cuando escucha mi negativa me reta- A ver si alguna vez lees algo en serio, y no esa basura que tenés en tu biblioteca. Después te lo paso.
La fiesta se realiza esa misma noche en la casa de Reyna, y se llena de gente. Es mi presentación en sociedad, y también mi bautismo como mujer.
Se preparó toda una puesta en escena en la que se representa una ceremonia religiosa, y se lleva a cabo mi bautismo. Marta hace de mí madre y Reyna de mi padre. Unos amigos los padrinos. Un invitado, un actor del under porteño, hace de cura, y los presentes son los feligreses. En una jarra ponen Champaña, y la arrojan sobre mi cabeza como si fuera agua bendita.
Cuando terminamos la ceremonia aplauden todos. Reyna toma la palabra y pide silencio; los invitados prestan atención:
- Quiero que todos levantemos nuestras copas o botellas en alto, para dar la bienvenida a este mundo a una nueva mujer, que es tan linda que quizás nos robe clientes a nosotras, pensándolo bien vamos a matarla, no, es una joda. Ella es Sandra. Así que todas juntas a la vez:
¡Bienvenida Sandra!
- Y ya que la bautizamos, y puede entrar en nuestro reino, vamos a desearle suerte como lo hacemos siempre. Todas juntas a la vez:
¡Por el futuro de Sandra!
La fiesta termino el otro día, como las buenas fiestas, a la mañana, cuando el sol lastima y cualquier sonido aturde.
A la noche volví a trabajar. Pero cambie de lugar, me traslade de calle, dada mi nueva condición. Fui acompañada por Reyna, lo que produjo que no me gane el odio de ninguna de las otras chicas. Me dijo donde podía trabajar,
que lugares ocupar, para no usurpar el territorio de nadie.
Fue una buena noche. Y las que siguieron también. Me vino bien. Mis arcas estaban completamente vacías. No tenía un mango debido a los gastos que tuve por lo de mi madre. El viaje, el servicio fúnebre, la cremación, el cofre.
Parece que Sandra consigue más mejores y clientes.

Tengo que volverte a ver

Por Betiana Medina

Está fue la frase que eligió García para promocionar “el regreso” y esa era la premisa: ¡volver a verlo!
La última cita que tuve con el señor Say no more fue hace exactamente dos años. Un lunes por la noche con mi confidente y un wisky en la barra de El teatro, mientras el barman nos comentaba que Charly cuando bajó del avión, de uno de sus viajes a Chile, lo primero que dijo fue “conseguime un tiro”. Esa noche lo encontramos maravilloso en su propio caos, con el enojo fácil. Los motivos iban desde un error en el sonido (el genio no los tolera) a un plomo que en lugar de dejar la botella de champán sólo le sirvió una copa. Esa noche la intimidad del show nos invadió y me dejó la sensación de que algo no estaba bien. Tiempo después el caos llegó a su límite, a ese lugar que ni el propio artista puede soportar.
Ayer 23 de octubre de 2009, miles de personas fueron testigos del renacer de las cenizas de este ave poderosa que siempre mantuvo su libertad.
La primera parada fue en un bar cerca de casa. Y mi compañera de emociones era alguien que por primera vez iba a un recital. Nos tomamos una cerveza mientras la ansiedad empezaba a picar en la sangre y ahí nomás arrancamos. El viaje fue largo. Es el karma de vivir al Sur. Casi todo lo que me gusta pasa del otro lado del puente Pueyrredón. No podíamos captar la frecuencia del clima del recital. Por más que no esforzamos, el único clima que percibimos fue que la noche caía con una tormenta que parecía el fin del mundo, pero nosotras sabíamos que el fin del mundo ya pasó, así que no problem.
Llegamos a Plaza Constitución, donde los hombres al salir del trabajo también tienen su happy hour, con lata de cerveza o cajita de vino en mano. Lo bueno es que se vuelven muy amables y muchos nos indicaron cual era el mejor camino a Velez según su parecer. Así subimos al 96. No recuerdo ninguna anécdota en éste colectivo pero sé que Charly no se hubiese tomado un tren. Nos bajamos en Liniers, esperando ver las remeras gastadas. Pasada ya la hora señalada pero no pasaba nada . Hasta que cruzamos el paso nivel y tímidamente los brazaletes aparecieron. Todo inspiraba paz y se notaba que la euforia había quedado en otro lado.
Entramos por la puerta seis intentando buscar un buen lugar, lo que se complicaba por varios motivos: una idea comercial de habilitar un VIP dentro del campo y que alejó mucho al público y una pantalla muy pequeña. En ese momento decidí que lo importante iba a pasar por mis oídos y no ya por mis ojos. Y así fue. Charly fue una voz que sobrevoló Velez. No recuerdo con que tema empezaron pero entre los elegidos hubo regalos inesperados. Temas como canción de 2x3, no te animás a despegar, Adela en el carrusel, llorando en el espejo, me encontraron cantando en pleno silencio, en ese donde las almas se conmueven. Y sumado a esto, la presencia del Flaco. Ese Spinetta que alguna vez dijo que a Charly son más las cosas que lo iluminan que aquellas que lo ensombrecen. Y naturalmente en esa noche ambos iluminaron y fueron el impermeable para tanta lluvia. Así lo dijo García: Say no more es impermeable, estamos haciendo música sub acuática.
Ya no importa si esta gordo o flaco, si se mueve lento y sigue pensando rápido. Charly concentro su fuerza en la voz, que hacia años que no se oía tan bien, hizo arreglos a temas que rozan la perfección y eligió los mejores aliados para recomenzar el vuelo. Los chilenos, que deben ser de lo mejor que hay por esos lados, Hilda que con su voz cuida cada canción y el Zorrito que se calza parte de la histriónica del show. Y por sobre todo, más allá de todo, antes y después, siempre: la música.

El principio es todo



Por Martín Rez


Recuerdo estar de la mano de mi mamá. Aún no era de noche. Yo tenía seis años. Ella unos cuantos más. Estábamos haciendo una cola larga. Hacía poco que habíamos salido de un pequeño infierno y en ese momento no la estábamos pasando nada bien, pero era un paraíso comparado con lo que habíamos dejado atrás. Mi vieja llevaba una olla en la mano. Yo la miraba y veía que su semblante había mejorado bastante. Uno no sabe lo que es libertad hasta que escapa de una cárcel. Su rostro ya mostraba unas ligeras muecas, casi sonrisas. Esas eran buenas señales. Por ahí se mandaba unos chistes sin gracia. Yo me reía de la pura felicidad que me causaba ver que esa mujer había recuperado el alma.
Avanzábamos lentamente. El suelo de tierra bajo nuestros pies. Unas casas interminables a los costados y el cielo empezaba a ponerse negro sobre nuestras cabezas. No era lluvia ni nada, solamente la noche.
Se nos vino la noche. Una vez más.
Finalmente nos tocaba a nosotros. Mamá extendió la olla con las dos manos y una señora gorda revolvió con un cucharón enorme algo en una olla mucho más grande que la nuestra. Sacó el cucharón y en dos volcadas nos cargó de comida.
Cuando volvíamos para casa, mamá no podía darme la mano, así que la tomé del pantalón. Me daba seguridad saber que tenía algo de que agarrarme. Entramos al ranchito que se sostenía a duras penas y me senté a esperar el morfi. Teníamos un solo plato hondo, en donde mamá me sirvió. Largaba un humito de propaganda nuestra cena. Y un aroma que prometía muchas alegrías. La vieja comió en la olla directamente. Mientras le dábamos duro a la cuchara, miraba a mamá. Ella comía tranquila, saboreando cada sorbo con el tiempo necesario como para degustarlo. Yo le entraba como si fuera un cerdo en el barro. Así era la vieja: enseñaba sin decir una palabra. Esa es la cena más hermosa que recuerde. Y yo, casi vente años después, aprendí.

Luego de vagar y buscar respuestas en lugares equivocados, me di cuenta que todo estaba ahí. Ese era un comienzo increíble. La vi a mi vieja empezar de nuevo. Desde cero, desde menos diez, con al lona en los talones y, lo mejor de todo, sin miedo en los ojos. La vi mezclar las cartas y tirarlas sobre la mesa y pararse, sacar pecho y enfrentar el viento y no mirar atrás.
Nunca es tarde. Nunca es una palabra de mierda.

Todo lo que vino después no me costó nada porque lo peor ya había pasado. No he cambiado casi nada desde entonces. No creo que el tiempo haga mucho con nosotros. Todo se define muy pronto en la vida. Por eso la escritura vino como consecuencia natural. Un escape a mejores mundo. Y antes la lectura como refugio. ¿Qué mejor que un buen libro cuando tu mundo se cae a pedazos? Lo que quiero decir es que nunca pude zafar de lo soy y que ahora me puedo aceptar, y entenderlo me llevó demasiado tiempo; sin embargo, a veces pasa, como en este caso, que tarde es el momento indicado.
(Fragmento)

Hoy: el futuro. Les presentamos a Verónica Jeschke

Dejavú

Lo cité en un bar para ver su rostro, para hablar de los logros obtenidos desde que nos separamos y para – si quedaba tiempo después de tanta charla- acostarnos.
Pasaron diecisiete años desde que lo vi por última vez, desde que terminamos.

Diecisiete años tenía yo cuando empezamos a salir. Lo vi por vez primera en una parroquia del barrio que se llamaba San Martín de Porres. Él tocaba la guitarra en esa iglesia, que por un tiempo, fue también su morada. Sus padres eran los caseros hasta que toda la familia fue invitada muy amablemente por el sacerdote a retirarse del hogar celestial. ¿El motivo? Su madre se quedó con una buena parte de las colectas dominicales. Eso me gustó de ella. Tuvo agallas para robarle a Dios en su propia cara.

Todos le decían “el negro” porque efectivamente era negro. Pero no del todo como el mulato Santo Patrono, sino que más bien tenía un tono de piel tipo café con leche. Yo en lugar de “el negro” le hubiese puesto de apodo “marroncito” o “el marroncito” ; “beige” o “el beige”… sin duda, tales seudónimos, le hubieran sentado mejor con su fisonomía.

La cuestión es que “el negro” me gustó desde el principio. Era un negro feo, como decían mis amigas, pero a mi me atraía.

Tenía una boca graaaaaaaaaaaande. Esa súper boca, se adornaba con dientes torcidos y un poco amarillentos producto del tabaco. El negro fumaba como un escuerzo, según palabras de su madre. Para mí, cada pitada, tenía su encanto.

Sus ojos eran pequeñitos y no tenía nariz. De tener… tenía, pero no se lo había comunicado a su cara. O quizás, lo que realmente sucedía, era que entre tremenda boca pasaba desapercibida.

Era alto y flaco; con una cinturita perfecta pero para el cuerpo de una mujer. Su cabello, no merece descripción ya que ni con las metáforas más trabajadas podría obtener un poco de belleza. Sinteticemos de la siguiente manera: su pelo era apocalípticamente feo.

Su voz era grave, armoniosa, perfecta. Me enamoró su voz, tal vez porque salía de esa monumental boca.

A él no le quedó más remedio que enamorarse de mí. Para verlo me hice fiel devota de San Martín de Porres y todos los domingos estaba en misa puntualmente.

Puntual, por lo menos hubiese sido puntual. Llegó 17:20, con veinte minutos de retraso. Durante la espera terminé un café. Cuando llegó, ordené otro, doble con leche. Él pidió lo mismo. No se decidía entre las mínimas opciones de la carta.

Seguía igual a la última vez que lo vi. Fumaba de la misma manera. Como apurado, como si el cigarrillo se le quisiera escapar de las manos, como si le fueran a salir patitas y con ellas corriera y corriera tres o cuatro cuadras. Por eso lo apretaba rígidamente, cual morza , en esos enormes labios.

Diecisiete años pasaron y seguía igual.

Le pregunté por sus hijos. Tenía dos con distintas mujeres. No me importaba saber de ellos. No quería conocer nada, pero me gustaba ver cómo sus labios se movían para responderme, aunque no escuchara nada, ni los nombres de esos críos, nada absolutamente nada…

Nada, ninguna explicación me dio cuando descubrí que me engañaba. La susodicha era una madre sin esposo, con quien se besuqueó en la calle Bulnes – nunca supe si en la de Bs. As. o la de Quilmes -

Me contó sobre sus hijos. Sus labios danzaron de una manera demasiado sensual.

- ¿Cómo se llama tu hija?
- Lucía. Es preciosa. Tiene doce años y es muy parecida a su padre: serena, refinada, inteligente.

Mientras le respondía me preguntaba si él también vería mis labios silenciosos danzar o si escucharía realmente lo que le decía.

- ¡Escúchame lo que te digo! ¡No te quiero volver a ver! ¡Se terminó para siempre!

Terminamos el café. Nos amamos con la mirada. Reímos, recordamos, hablamos, soñamos. Pedí un jugo de naranja. Él volvió a ordenar lo mismo que yo. El tiempo se detuvo. No nos queríamos ir del bar.

No quise buscarlo. ¡Que se vaya! En un mes no lo lloraría más. En un año lo olvidaría, en diecisiete años estaría muerto…

- ¡Diecisiete años!, repetíamos a cada momento en el bar.

La vida afuera estaba pasando.

Me miró y me dijo que se hubiese casado conmigo. Lo miré y le dije que yo pagaría la cuenta. Treinta y cuatro pesos y cinco de propina.
Pensé en que me resultó demasiada barata la aventurilla.

- Fue una aventura. Esta chica me persiguió y sin darme cuenta terminé en una aventura. Me dejé llevar.

Eran las 20:30 hs. No nos quedaba tiempo para revolcarnos. La vida afuera seguía su curso.

En la vereda del bar le hice señas a un taxi. Antes de abordarlo le dije que me gustó verlo y, como si fuera la heroína de una telenovela brasilera, pronuncié la siguiente frase: “lo mejor será no vernos nunca más; no me busques.” Peculiar lenguaje el de las mujeres.

- No me llames, no me busques. Andáte con ella y su hijo.
¡Puuum!, Rojo y Negro de Stendhal aterrizó en su cabeza. Lo tomé de la mesa de luz y se lo arrojé. Para su desgracia, en aquella época estaba leyendo una obra de quinientas cuarenta y siete páginas. Literalmente, Rojo y Negro, le voló la cabeza.

Cerré la puerta del taxi. Por la ventanilla estiré mi brazo. Él enlazó su mano con la mía hasta que los dedos se dejaron soltar.

El taxista aceleró dejando un humito caliente en la atmósfera. Me di vuelta y por el vidrio trasero pude ver a aquel adolescente, ahora con edad de adulto, totalmente inerte. Parado, miraba como el taxi se hacía cada vez más chiquitito hasta desaparecer en la avenida.

No me buscó. No me buscará. No entiende el peculiar lenguaje de las mujeres. De pronto, como en un dejavú, recordé la noche en que se alejó de mi casa como un leño arrastrado por la corriente del río, aquella en la que le arrojé por la cabeza mi ejemplar de Stendhal.


Fin

Dedicado a todos aquellos que deciden una y otra vez no decidir.
Verónica Jeschke